
Miguel nació en Melilla un 14 de noviembre de 1998. Su vida transcurrió entre distintas ciudades de España y, de todas ellas, fue incorporando algo a su manera de ser. Vivió sus primeros años en Alicante; después llegaron Almería, Granada, Ronda y Pamplona, antes de regresar a Granada y, finalmente, de nuevo a El Campello, en Alicante.
Los lugares nunca fueron para él un simple escenario. Allí donde vivía sentía curiosidad por conocer lo que hacía diferente a cada ciudad: sus costumbres, sus tradiciones, su cultura y su forma de entender la vida. De todos esos lugares, Granada tuvo probablemente una influencia especial. Allí transcurrió una parte importante de su adolescencia y, años después, de su juventud, y allí se afianzaron algunos de los intereses que le acompañarían siempre.

Una forma de ser
Miguel era, ante todo, una persona generosa y atenta con los demás. Daba importancia a los pequeños detalles y tenía una especial capacidad para hacer sentir a quienes quería que se acordaba de ellos. La familia y los amigos ocuparon siempre un lugar fundamental en su vida.
Tenía también una particular inclinación a guardar y conservar. Fotografías, recuerdos, pequeños objetos, documentos y cuanto encontraba relacionado con la familia adquirían para él un valor especial. Era, a su manera, un custodio de la memoria familiar. Quizá hubiera en esa costumbre algo de búsqueda de las propias raíces, de identidad y de pertenencia: una forma de saber de dónde venía y de mantener unidos personas, lugares y recuerdos.
Era también curioso y sensible hacia todo aquello que despertaba su interés. Le gustaban la cultura, el folclore, las tradiciones populares y el arte religioso. Su relación con la religión fue muy personal, vinculada en buena medida a la influencia de sus dos abuelas y también a su fascinación por la Semana Santa, sus imágenes, sus ceremonias y sus manifestaciones artísticas. Pero la fe no fue para él solamente una expresión cultural o estética. Formó parte de su mundo interior y, especialmente en algunos momentos de su vida, encontró en ella consuelo, esperanza y fortaleza.
Miguel vivió siempre con naturalidad y abiertamente su orientación sexual, como una dimensión más de quién era. También formó parte de su sensibilidad hacia la libertad de cada persona para vivir y mostrarse como es.
Tenía, además, una notable facilidad para expresarse, especialmente mediante la escritura. Escribía con una madurez, una riqueza expresiva y una naturalidad que sorprendían. Sabía ordenar sus ideas y encontrar las palabras para transmitirlas de una manera muy personal. Era un talento que quizá, con el tiempo, hubiera podido convertirse en uno de los ámbitos en los que desarrollar plenamente sus capacidades.
Esa curiosidad estaba estrechamente relacionada con otra de sus grandes aficiones: viajar y descubrir lugares nuevos. No le interesaba solamente conocerlos, sino comprender qué tenían de particular.
Sus pasiones
Dos pasiones destacaron especialmente en Miguel: la moda y el flamenco.
Desde niño mostró un interés muy particular por la ropa, la estética y el cuidado personal. Le gustaba vestir bien y cuidar su imagen, y aquello terminó convirtiéndose también en una inclinación profesional. Se sentía especialmente cómodo trabajando en establecimientos relacionados con la moda, la cosmética y el cuidado personal, ámbitos en los que podía desarrollar de forma natural su gusto por la estética y su facilidad para relacionarse con los demás.
El flamenco ocupó igualmente un espacio muy importante en su vida. No era para él únicamente una música que le gustara escuchar. Se acercó a su mundo, a sus ambientes y a las personas que lo viven, y encontró en él una forma de expresión con la que se identificaba profundamente.

También fue un gran aficionado a la fotografía. Primero utilizó una cámara Nikon y, con el tiempo, el teléfono móvil se convirtió en su cámara habitual. Fotografiar era otra forma de mirar: personas, lugares, viajes y momentos que llamaban su atención. Muchas de las imágenes que se conservan permiten hoy contemplar no solamente a Miguel, sino también el mundo tal como él decidió conservarlo.

Los animales
Los animales, y particularmente los perros, formaron parte de su vida desde la infancia. Creció siempre rodeado de ellos, tanto en casa como en el entorno familiar, y mantuvo hacia ellos un afecto especial durante toda su vida.
Lluna, Pipo, Cora, Heiden y Tambo forman parte también de esa historia. No eran simplemente animales que estaban en casa: fueron compañeros asociados a diferentes etapas de su vida y a muchos de sus recuerdos familiares.

En sus últimos años esa sensibilidad encontró además una expresión concreta en su colaboración como voluntario en una tienda solidaria de segunda mano de El Campello, cuyos ingresos se destinaban a ayudar a una protectora de animales. Era una actividad especialmente apropiada para él porque reunía dos mundos que le gustaban particularmente: su amor por los animales y su interés por la ropa y la decoración.
Una fortaleza íntima
Miguel poseía también una fortaleza que no siempre resultaba evidente para quienes lo conocían superficialmente. Hubo etapas de su vida que le exigieron mucho y momentos en los que avanzar no fue sencillo. Sin embargo, conservó una notable capacidad para seguir adelante, rehacerse y continuar buscando su lugar. En esa fortaleza tuvo también un lugar su fe, vivida de una manera íntima y personal, y en la que encontró apoyo para afrontar algunos de los momentos difíciles de su vida.
Quienes lo conocieron más profundamente saben mejor lo que significó esa perseverancia. Y saben también el valor que tenía que, incluso en los momentos difíciles, conservara su capacidad de querer, de preocuparse por los demás y de mostrarse generoso con las personas que formaban parte de su vida.
Esa combinación de sensibilidad y fortaleza fue también Miguel.
